Nunca se supo si Anita quiso nacer. O quizás lo que hizo fue una broma de mal gusto. O mejor dicho, dos bromas y las dos de mal gusto.
Pocas horas antes de nacer, los médicos decidieron hacerle a Ángela una cesárea urgente. Anita, no daba señales de vida.
En realidad Anita debió nacer unos 20 días antes del real día de su nacimiento. Si, Anita, finalmente nació. Pero no, ese día, no había señales que indicaran su nacimiento.
Ángela se sentía bien, iba y venía como todos los día., Hacia las compras diarias. Pasaban los días y nada por aquí, nada por allá.
Anita era Anita aquí y era Mónica apenas cruzaba el charco.
Su madre y abuelos eran uruguayos. Y su abuela materna jamás aceptó que la hayan bautizado con el nombre de la otra abuela.
Celosa, decidió unilateralmente llamarla por su segundo nombre: Mónica.
Su mamá nunca lo cuestionó.
Su hermana menor, acompañante de viajes, se acoplaba a la abuela y también solía llamarla Mónica.
Anita aceptó sin protestar este nuevo bautismo.
A Anita no la enviaron al jardín de infantes.
Fue una decisión unánime de sus padres. Así que su única relación con niños de su edad fue con su hermana menor.
Tampoco niños vecinos, ni colonia de verano.
En el Uruguay, sus abuelos, eran su única compañía.
Todos los alumnos de todos los grados formaron fila largas- Anita se colocó junto a su grupo de primer grado, sección B del turno tarde. Miró a su maestra, una mujer regordeta y bajita, de cara redondísima. Labios pintados de color rojo.
Acto seguido el siempre discurso de la directora, la entrada de la bandera de ceremonias, entonaron el himno (Anita no pudo, no lo sabía).
Anita estaba parada en el centro de ese enorme patio de gradas, miraba todo a su alrededor. Estaba por primera vez entre tantos chicos.
No recuerda haberse despedido de su mamá, tampoco de la voz de la maestra alentando a sus alumnos a seguirla hasta el salón correspondiente, pero de repente Anita estaba sola en ese inmenso patio de gradas.
Anita amaba a sus padres. Y a su hermana.
Vivieron todos juntos hasta los 6 años de Anita, luego se separaron.
Ángela se casó un mes después de cumplir los 32 años. Por aquella época, Ángela cosía en la casa de una familia de inmigrantes y con el tiempo se hizo muy amiga de Elsa, la hija de la dueña de casa.
Elsa le presentó a su hermano menor, Hristo varios años mayor que Ángela.
Enseguida Ángela y Hristo simpatizaron y decidieron casarse. A los dos años nació Anita y un par de años después, Sandra.
Cuando la convivencia era un caos para todos, Ángela tomó la dura decisión de terminar su matrimonio. Nunca más Ángela supo de su marido. Tampoco sus hijas.
Las cosas para Ángela se complicaron significativamente. Sola y con 2 hijas todavía chicas, Anita por cumplir sus 15 años y Sandra apenas cumplidos los 12, su economía se derrumbaba día tras día.
Fue entonces cuando aceptó el ofrecimiento de trabajar en casa de una familia en los EE UU y poder entonces mandar dinero a sus hijas que quedaron al cuidado de su abuela materna que se instaló en Buenos Aires.
lunes, 20 de septiembre de 2010
jueves, 4 de marzo de 2010
Introducción novela
Conocí a Anita el veintitrés de mayo de 1989. Ella tenía veintinueve años, yo, diez menos. Anita trabajaba en la recepción de un hotel en el barrio de Caballito, y como era el único que albergaba sólo a estudiantes del interior, me hospedé allí.
Enseguida me intrigó aquella mujer que en toda la mañana no dijo otra cosa que no fuera sí o no.
Se trataba de una muchacha vulgar, delgadita, de baja estatura y ojos extremadamente tristes. Al principio ensayé todo tipo de conversación. No resultó; porque Anita parecía estar en su mundo.
Pero un día, hace tiempo, observé sobre el escritorio de la recepción unos artículos sobre la pintora Raquel Forner. Le pedí prestado esos recortes para realizar una monografía que yo debía presentar en la escuela de periodismo. Luego descubrí que Anita pintaba. En el diario se anunciaba una muestra colectiva de artistas nóveles; y entre todos los exponentes aparecía el nombre de mi nueva amiga. Nunca le reproché el no haberme enterado por ella misma.
Me preguntó si tendría ganas de asistir a la muestra, no sin antes advertirme que sus cuadros no eran visualmente “lindos”.
En una casa antigua, de puertas de madera lustrada funcionaba la galería de arte. La dueña me recibió de manera muy afectuosa. Le dije que venía de parte de Anita. Me condujo hacia la sala principal. No había mucha gente.
Los cuadros de Anita ocupaban gran parte del salón. Y no porque era mi amiga sino porque realmente lo pensé: eran los mejores.
Anita tenía razón: sus figuras no eran agradables. Eran fantasmagóricas, muchas estaban sumergidas en pozos de agua, ahogadas, otras lloraban... y yo también comencé a llorar.
La mujer que me atendió me acercó un cuaderno donde podía volcar, si quería, un mensaje para la artista. No escribi nada.
El lunes esperé impaciente la llegada de Anita, tenía deseos de acercarme más. Su vida me intrigaba, tal vez por mi condición de estudiante de periodismo.
Fue inútil, porque ni ese día, ni los días subsiguientes Anita se presentó a trabajar.
La reemplazó Rosa, casi una segunda madre para la ausente.
Nadie me decía nada, Rosa no estaba dispuesta a hablar.
El viernes, a una semana de la última vez que vi a Anita, decidí insistir con mis interrogatorios. Después de todo Anita y yo habíamos comenzado una amistad.
Cuando entré en la oficina escuché que Rosa hablaba por teléfono. Al verme entrar preguntó en voz muy baja si podía contarme lo sucedido. Por supuesto hice como que no oí nada. Por los comentarios de Rosa del otro lado de la línea le contestaron afirmativamente.
“-¿Anita desapareció?”-grité cuando Rosa hubo terminado de darme la noticia.
Todo ocurrió aquel día en que Anita no se presentó a desayunar. Ese dia la pavorosa inundación arrasó con todo lo que encontró en su camino.
La primera medida que se tomó fue la de cerrar las llaves de paso, y entonces poder evacuar el agua, tarea en la que estaban empeñadas la mamá y la hermana de Anita. Enseguida advirtieron que el agua provenía del mismísimo cuarto de su hija.
Dicen que la tarde de la inauguración de la muestra, Anita se acostó a dormir la siesta, no tenía deseos de asistir.
Cuando la primera lágrima rodó por su mejilla derecha, faltaba una hora para que el reloj marcara las siete de la tarde, hora en que abriría la exposición. No atinó a moverse. Apenas si abrió un ojo para asegurarse que todavía era temprano. Una vez confirmado esto; y mientras hacía el cálculo del tiempo que aún le quedaban por dormir se quedó más tranquila.
Al notar que la primera lágrima era sólo el inicio de una seguidilla de lágrimas comenzó a inquietarse. No había manera de detenerlas. Deseaba volver a dormirse, y así cuando despertara todo habría pasado. Poco faltaba para que se produjera el desastre. Anita veía con terror como un charco de agua salada crecía al borde de su cama. Faltaban tres horas para que dieran las siete de la mañana y ya había utilizado varios pañuelos, paquetes enteros de papel tisué y un balde que ya desbordaba.
Lo sucedido no tendría trascendencia si no fuera porque Anita nunca lloró. Me contò Rosa que hasta cuando nació su llanto se hizo esperar. Tambien me dijo que desde hace muchos años Anita guardaba un dolor, un secreto familiar que no pudo perdonar, ni llorar y en sus cuadros lo había gritado por fin.
Lo cierto es que el tiempo transcurría y Anita no dejaba de llorar. En minutos sus padres despertarían. Con el llanto se habían arruinado todos los muebles y no sólo los de su habitación, el agua había traspasado la puerta e inundado toda la casa.
Dicen que en un descuido familir, Anita salió a la calle. Que vagó por aquí y por allá derramando sus lágrimas. Nadie más la vio.
A quienes echaron a rodar una hipótesis increíble y yo creo que fue la más atinada: que de tanto llorar, se deshizo.
Yo, periodista, comenzaré la investigación…….
Protegido por propiedad intelectual
Enseguida me intrigó aquella mujer que en toda la mañana no dijo otra cosa que no fuera sí o no.
Se trataba de una muchacha vulgar, delgadita, de baja estatura y ojos extremadamente tristes. Al principio ensayé todo tipo de conversación. No resultó; porque Anita parecía estar en su mundo.
Pero un día, hace tiempo, observé sobre el escritorio de la recepción unos artículos sobre la pintora Raquel Forner. Le pedí prestado esos recortes para realizar una monografía que yo debía presentar en la escuela de periodismo. Luego descubrí que Anita pintaba. En el diario se anunciaba una muestra colectiva de artistas nóveles; y entre todos los exponentes aparecía el nombre de mi nueva amiga. Nunca le reproché el no haberme enterado por ella misma.
Me preguntó si tendría ganas de asistir a la muestra, no sin antes advertirme que sus cuadros no eran visualmente “lindos”.
En una casa antigua, de puertas de madera lustrada funcionaba la galería de arte. La dueña me recibió de manera muy afectuosa. Le dije que venía de parte de Anita. Me condujo hacia la sala principal. No había mucha gente.
Los cuadros de Anita ocupaban gran parte del salón. Y no porque era mi amiga sino porque realmente lo pensé: eran los mejores.
Anita tenía razón: sus figuras no eran agradables. Eran fantasmagóricas, muchas estaban sumergidas en pozos de agua, ahogadas, otras lloraban... y yo también comencé a llorar.
La mujer que me atendió me acercó un cuaderno donde podía volcar, si quería, un mensaje para la artista. No escribi nada.
El lunes esperé impaciente la llegada de Anita, tenía deseos de acercarme más. Su vida me intrigaba, tal vez por mi condición de estudiante de periodismo.
Fue inútil, porque ni ese día, ni los días subsiguientes Anita se presentó a trabajar.
La reemplazó Rosa, casi una segunda madre para la ausente.
Nadie me decía nada, Rosa no estaba dispuesta a hablar.
El viernes, a una semana de la última vez que vi a Anita, decidí insistir con mis interrogatorios. Después de todo Anita y yo habíamos comenzado una amistad.
Cuando entré en la oficina escuché que Rosa hablaba por teléfono. Al verme entrar preguntó en voz muy baja si podía contarme lo sucedido. Por supuesto hice como que no oí nada. Por los comentarios de Rosa del otro lado de la línea le contestaron afirmativamente.
“-¿Anita desapareció?”-grité cuando Rosa hubo terminado de darme la noticia.
Todo ocurrió aquel día en que Anita no se presentó a desayunar. Ese dia la pavorosa inundación arrasó con todo lo que encontró en su camino.
La primera medida que se tomó fue la de cerrar las llaves de paso, y entonces poder evacuar el agua, tarea en la que estaban empeñadas la mamá y la hermana de Anita. Enseguida advirtieron que el agua provenía del mismísimo cuarto de su hija.
Dicen que la tarde de la inauguración de la muestra, Anita se acostó a dormir la siesta, no tenía deseos de asistir.
Cuando la primera lágrima rodó por su mejilla derecha, faltaba una hora para que el reloj marcara las siete de la tarde, hora en que abriría la exposición. No atinó a moverse. Apenas si abrió un ojo para asegurarse que todavía era temprano. Una vez confirmado esto; y mientras hacía el cálculo del tiempo que aún le quedaban por dormir se quedó más tranquila.
Al notar que la primera lágrima era sólo el inicio de una seguidilla de lágrimas comenzó a inquietarse. No había manera de detenerlas. Deseaba volver a dormirse, y así cuando despertara todo habría pasado. Poco faltaba para que se produjera el desastre. Anita veía con terror como un charco de agua salada crecía al borde de su cama. Faltaban tres horas para que dieran las siete de la mañana y ya había utilizado varios pañuelos, paquetes enteros de papel tisué y un balde que ya desbordaba.
Lo sucedido no tendría trascendencia si no fuera porque Anita nunca lloró. Me contò Rosa que hasta cuando nació su llanto se hizo esperar. Tambien me dijo que desde hace muchos años Anita guardaba un dolor, un secreto familiar que no pudo perdonar, ni llorar y en sus cuadros lo había gritado por fin.
Lo cierto es que el tiempo transcurría y Anita no dejaba de llorar. En minutos sus padres despertarían. Con el llanto se habían arruinado todos los muebles y no sólo los de su habitación, el agua había traspasado la puerta e inundado toda la casa.
Dicen que en un descuido familir, Anita salió a la calle. Que vagó por aquí y por allá derramando sus lágrimas. Nadie más la vio.
A quienes echaron a rodar una hipótesis increíble y yo creo que fue la más atinada: que de tanto llorar, se deshizo.
Yo, periodista, comenzaré la investigación…….
Protegido por propiedad intelectual
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